Vuelve la lluvia de nieve a WordPress, anunciando que se acerca una época del año que me encanta: el tiempo de disfrutar de la compañía de gente que quiero pero no puedo ver tan a menudo como me gustaría, y compartir con ellos recuerdos y proyectos.
Y de compartir también trata esta entrada -y las dos que quedan hasta que me vaya de vacaciones-: de compartir contigo algunos trocitos de mi nueva novela romántica, Princesa.
Tengo permiso para reproducir algunos fragmentos de la novela, así que me siento como una especie de “Papá Noel anticipado”, repartiendo romance.
Aclaraciones:
1) Se trata de un extracto, el primero de tres que publicaré. Para los capítulos abiertos habrá que esperar un tiempo porque en Jera Romance planeamos algo distinto en esta ocasión. Pero como es una sorpresa, no diré más; y
2) las fotos que decoran la entrada son una alusión intencionada, pero no auténtica. Él no es el héroe de Princesa
(y no “te lo pidas”, porque está casado y tiene cuatro churumbeles ¿vale?)
Vamos allá…
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Theresa Gibb, Tess, es una inglesa culta e independiente que vive en Estados Unidos desde hace años. La editorial para la que trabaja en Boston, acaba de nombrarla editora jefe de una nueva colección de la que se hará cargo tan pronto regrese de Londres, de visitar a los suyos.
Pero lo que prometía ser poco más que unas cortas vacaciones en familia, se convierte en un viaje que transformará completamente su vida cuando recuerdos del pasado se entremezclan con la familiaridad del entorno, y Tess se da cuenta que lleva años echándolo en falta.
Todo continúa igual que en sus recuerdos, entrañable y a la vez, irremediablemente pasado: su familia, su casa, su barrio, su hermana…
Todo excepto él, Dakota, -el vecino de al lado-, un anti-héroe por el que Tess se siente inexplicablemente atraída, a pesar de ser el amor platónico de su hermana…
Y diez años mayor que él.
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Tess pasó la hoja y espió por el rabillo del ojo los movimientos en la parcela contigua.
Confirmado, Melenita de oro acababa de repantigarse en un sillón, bote de Coca Cola en mano. Adiós tranquilidad.
—Vaya plan más guay ¿vas a pasarte las vacaciones leyendo en el jardín de la casa de tus viejos? —escuchó que él le preguntaba.
Él, según decían, era Scott —al que, inexplicablemente, todos llamaban Dakota—, pero ella seguía albergando serias dudas al respecto. Le resultaba imposible encontrar algún punto en común entre el púber desgarbado y con la cara cubierta de granos por el que su hermana bebía los vientos desde el parvulario, y el impertinente ángel del infierno que ahora aceleraba la moto ex profeso cuando pasaba junto a Tess, en un alarde de desafío exhibicionista con el que además, cuando llovía, conseguía ponerla perdida.
Pero allí estaba, fuera quien fuera. Otra vez.
Tess volvió la cara hacia la alambrada desnuda, en otros tiempos cubierta por un tupido seto que una infestación por fitóftora había hecho necesario arrancar el último otoño. Él sonrió, burlón, pero su mirada, que ella estaba completamente segura de que sería del mismo tenor que la sonrisa, permaneció oculta detrás de unas gafas de sol negras, como el resto de su indumentaria. Notó que, a ratos, daba sorbos a su bebida.
Desde luego, a ella nada le gustaría más que poder leer tranquila, pero hoy no tendría esa suerte. No sabía si él salía al jardín posterior de su casa porque le gustaba disfrutar del esquivo sol londinense, o si lo hacía solamente porque sabía que a Tess le gustaba, y quería estropearle el momento.
—Y tu plan ¿cuál es? —replicó ella— ¿Invocar a las tinieblas vestido de gótico a las doce del mediodía? Conseguirás que se ponga a llover.
La primera reacción de Dakota fue sorprenderse. Por una vez, la mayor de las hermanas Gibb se dignaba a respoder. Desde que había llegado de Boston, hacía un par de semanas, se había limitado a echarle miradas con mensaje y volver a su lectura.
—Joder, si hablas y todo… —dijo, divertido, mientras empujaba las gafas hacia atrás hasta ponérselas de diadema.
Por lo visto, estaban a punto de mantener una conversación como las personas normales, y si era así, él no quería perderse ni un solo detalle. Pero entonces, cayó en la cuenta de lo que acababa de oír, las palabras de Tess volvieron a resonar en su cerebro, y su segunda reacción fue urticante:
Aunque a la reina de las pijas se lo pareciera, él no era un jodido gótico.
Ella, en cambio, era justamente lo que parecía, y, al menos a Dakota, siempre le había parecido lo mismo; una repipi que hablaba raro, y miraba a todo el mundo con aires de superioridad.
Tess, en apariencia, tan ajena como indiferente a los pensamientos de su vecino pelilargo, había vuelto a concentrarse en el libro, y él, simplemente, no pudo resistir la tentación.
Dakota bebió un buen trago del bote, disfrutando anticipadamente de lo que vendría a continuación.
Entonces, un sonido grave, inconfundible, salió de su boca… De tal mal gusto, que hizo que Tess cerrara el libro de un golpe seco y se pusiera de pie, a un tris de decirle con todas las letras lo que pensaba de él.
En el último segundo, sin embargo, decidió que decir “eres un grosero” sólo causaría gracia a alguien evidentemente acostumbrado al descaro y a la vulgaridad. De modo que, manteniendo la boca bien cerrada, le dio la espalda, y se puso a recoger sus cosas de la mesilla.
Él sonrió satisfecho. Volvió a colocarse las gafas y recostó la cabeza contra el respaldo, dejando que el sol le entibiara la piel.
—Por eso no me gustan las latas —comentó, malicioso—. Cada vez traen más gas.
Lo siguiente que oyó fueron los pasos de Tess, alejándose, y luego, un sonoro portazo.
—Qué genio… —añadió él, y suspiró. Lo malo era que le gustaban las maduritas ariscas. Cuanto más ariscas, mejor—. Mmm… Ganas me dan de…
Dakota meneó la cabeza y cambió el rumbo de sus pensamientos.
—Déjate de tonterías, chaval.
No se le había perdido nada en aquella historia. En lo que a él concernía, la hermana menor era un pelmazo y la otra, una pija insufrible.
Y lo mejor que podía hacer era tenerlo bien presente. Que no se le ocurriera olvidarlo.
Ni por una centésima de segundo.
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© Patricia Sutherland

Escrito por patriciasutherland
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Hace varios meses, cuando publiqué la entrada
Esta semana es especial para las personas que por profesión o por afición estamos relacionadas con el mundo de la novela romántica, y en mi caso podría perfectamente colgar el cartel de “cerrado por Jornadas” ¹ (¡o publicarlo en una entrada!). Sin duda, estoy en frecuencia romántica total, pero…
Si como me sucedió a mí, no te suena el nombre de Penny Jordan, aquí tienes unos enlaces acerca de esta súper prolífica escritora, incluido el de su página web oficial.











